miércoles, 5 de agosto de 2026

Conociendo la persona de Dios: estudio bíblico-teológico

Marco de investigación y tesis hermenéutica 

Este artículo emplea una metodología bíblico-sistemática con cuatro niveles de análisis. El primero es exegético, atendiendo a pasajes programáticos como Éxodo 3:13–15; 34:6–7; Deuteronomio 6:4; Salmos 90, 103, 139 y 145; Isaías 6 y 40–46; Juan 1 y 14–17; Romanos 3 y 8; 1 Corintios 8 y 12; 2 Corintios 13; Colosenses 1; Hebreos 1; 1 Juan 4; y Apocalipsis 4–5 y 21–22. El segundo es canónico, pues ninguna descripción aislada debe convertirse en una definición exhaustiva de Dios. El tercero es histórico-teológico, examinando la doctrina cristiana de la Trinidad y su recepción progresiva en el adventismo. El cuarto es crítico-constructivo, dialogando con objeciones filosóficas contemporáneas.

La norma epistemológica es la autorrevelación divina. La creencia adventista sobre las Escrituras afirma que estas constituyen la revelación suprema, autoritativa e infalible de la voluntad de Dios. El documento oficial adventista sobre métodos de estudio bíblico reconoce instrumentos históricos, lingüísticos y literarios, pero subordina su uso al testimonio que la Escritura da de sí misma. Este enfoque no excluye la razón; rechaza tanto una razón autónoma que juzgue a Dios desde criterios externos como una lectura fideísta que ignore la evidencia textual e histórica.

Canale propone que la doctrina de Dios se derive prioritariamente del patrón de la revelación bíblica y advierte contra la importación acrítica de concepciones metafísicas que podrían hacer a Dios atemporal, impasible o incapaz de relacionarse genuinamente con la historia. En su formulación, Dios trasciende la creación sin quedar aislado de ella; actúa en el tiempo creado sin ser reducido a una entidad creada. Su propuesta representa una línea influyente dentro de la teología adventista, pero no debe confundirse en todos sus detalles con una declaración doctrinal oficial.

John C. Peckham desarrolla una aproximación complementaria denominada teísmo pactual o covenantal. Dios crea, sustenta, habla, promete, responde, se entristece, juzga, perdona y establece relaciones de amor, sin dejar de ser soberano. Este modelo dialoga críticamente con el teísmo clásico, el teísmo abierto y la teología del proceso. Conserva la trascendencia y la perfección divinas, pero sostiene que la relacionalidad bíblica no debe reducirse a mera apariencia antropomórfica.

La tesis hermenéutica central de este estudio es la siguiente:

Dios es el único Creador eterno, personal y trino, cuyo poder soberano, santidad y justicia son expresiones coherentes de su amor pactual; se revela históricamente, culmina su autorrevelación en Jesucristo y obra por el Espíritu para restaurar libremente a la creación sin dejar el mal impune.

Esta tesis requiere dos cautelas. La primera es evitar la fragmentación de los atributos: no existe una parte amorosa de Dios enfrentada a una parte justa. La segunda es evitar el univocismo: términos como persona, conocimiento, poder, ira o arrepentimiento no significan exactamente lo mismo en Dios y en los seres humanos. Se aplican de manera analógica, basada en la revelación, reconociendo simultáneamente semejanza y diferencia.

Dios revelado: definición, Trinidad y atributos esenciales

La Biblia no comienza ofreciendo una demostración abstracta de la existencia de Dios, sino presentándolo como el sujeto originario de toda realidad creada: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gén. 1:1). Esta afirmación establece la distinción ontológica fundamental entre el Creador y la creación. Dios no pertenece al universo como uno de sus componentes, ni depende del cosmos para existir. Toda realidad creada recibe de él existencia, orden y continuidad.

En Éxodo 3:14–15, Dios se identifica mediante el nombre YHWH y la expresión ’ehyeh ’asher ’ehyeh, que puede traducirse “Yo soy el que soy”, “Yo seré el que seré” o “Yo soy/seré quien soy/seré”. La expresión no debe reducirse a una fórmula filosófica sobre el ser absoluto. En su contexto narrativo, comunica presencia, libertad y fidelidad: el Dios que se revela a Moisés será con su pueblo, cumplirá su promesa y no puede ser controlado mediante nombres mágicos. La existencia divina es, por tanto, autosuficiente, pero también personal y pactual.

Deuteronomio 6:4 confiesa: “YHWH nuestro Dios, YHWH uno es”. Este texto fundamenta el monoteísmo bíblico y excluye el politeísmo. Sin embargo, la palabra hebrea ’eḥad, “uno”, no constituye por sí sola una prueba lexical de la Trinidad. La doctrina trinitaria surge de la integración canónica entre la unicidad divina y la revelación neotestamentaria del Padre, del Hijo y del Espíritu como distintos y plenamente divinos. Del mismo modo, los plurales de Génesis 1:26 son compatibles con una lectura trinitaria retrospectiva, pero no bastan aisladamente para demostrarla. Una teología rigurosa evita convertir indicios veterotestamentarios en argumentos más fuertes de lo que permite su contexto.

La revelación alcanza su concentración decisiva en Jesucristo. Juan 1:1–18 afirma simultáneamente que el Logos estaba “con Dios”, distinguiéndolo del Padre, y que “era Dios”, atribuyéndole plena divinidad. El Logos es agente de la creación, fuente de vida y revelador definitivo del Padre. Colosenses 1:15–20 e Hebreos 1:1–4 presentan al Hijo no como parte del orden creado, sino como aquel por medio de quien todo fue creado y en quien todo subsiste. La creencia adventista acerca del Hijo eterno integra su divinidad, encarnación, obra creadora, muerte sustitutiva, resurrección, ministerio celestial y retorno glorioso.

El Espíritu Santo tampoco es una energía impersonal. En el Nuevo Testamento habla, enseña, guía, intercede, distribuye dones, puede ser entristecido y participa en decisiones eclesiales (Juan 14:26; 16:13; Hech. 5:3–4; 13:2; Rom. 8:26; 1 Cor. 12:11; Efe. 4:30). Mentir al Espíritu equivale a mentir a Dios en Hechos 5. La confesión adventista lo reconoce como persona divina eterna, activa en la creación, la encarnación, la inspiración, la regeneración, la santificación y la misión.

La formulación trinitaria adventista. La segunda creencia fundamental declara que hay un solo Dios —Padre, Hijo y Espíritu Santo—, una unidad de tres personas coeternas. Esta fórmula mantiene cuatro afirmaciones: hay un solo Dios; el Padre, el Hijo y el Espíritu son personalmente distinguibles; cada uno es plenamente divino; y ninguno comenzó a existir. La unidad divina no es una coalición temporal de tres dioses, y la distinción personal no es una sucesión de máscaras asumidas por un solo sujeto.






 





El diagrama representa relaciones económicas, no una jerarquía de naturaleza. El Padre no es más divino que el Hijo o el Espíritu. En el bautismo de Jesús, el Hijo está en el Jordán, el Espíritu desciende y el Padre habla desde el cielo (Mat. 3:16–17). En Mateo 28:19, los discípulos son bautizados en el singular “nombre” del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. En 1 Corintios 12:4–6 y 2 Corintios 13:13 aparecen fórmulas triádicas en las que los tres actúan coordinadamente en la vida de la iglesia. Pfandl distingue correctamente entre subordinación funcional en la historia de la salvación e inferioridad ontológica, que la evidencia bíblica no permite.

La terminología “persona” debe usarse analógicamente. En el habla moderna, persona suele significar un centro psicológico autónomo e independiente. Aplicada sin precisión, esa idea conduce al triteísmo. En la doctrina trinitaria, designa una distinción real e irreductible en la única vida divina. El Padre no es el Hijo, el Hijo no es el Espíritu y el Espíritu no es el Padre; sin embargo, no son tres seres separados que comparten una categoría genérica de divinidad.

Desarrollo histórico adventista. La aceptación de la Trinidad en el adventismo fue progresiva. Varios pioneros procedían de movimientos restauracionistas antitrinitarios y temían que las formulaciones tradicionales negaran la personalidad del Padre y del Hijo, enseñaran modalismo o hicieran de Cristo una entidad sin relación real con el Padre. La investigación histórica de Jerry Moon y Merlin Burt muestra que una proporción significativa de los primeros dirigentes sostuvo posiciones antitrinitarias o semiarrianas. También documenta una transición gradual, impulsada por un estudio bíblico más amplio, la afirmación de la eternidad plena de Cristo y el reconocimiento de la personalidad divina del Espíritu.

Esta historia exige dos notas críticas. Primero, no es metodológicamente válido convertir cada opinión pionera en norma doctrinal permanente. El propio adventismo surgió con una comprensión de verdad presente y desarrollo doctrinal sometido a la Escritura. Segundo, tampoco debe narrarse el proceso como si hubiera sido uniforme o instantáneo. La adopción formal de una confesión trinitaria fue el resultado de décadas de discusión. La evidencia documental no respalda la hipótesis de que la Trinidad haya sido introducida únicamente mediante una alteración tardía y conspirativa de los escritos de Elena G. de White. Sus declaraciones maduras sobre la vida inherente de Cristo y las tres personas vivientes del “trío celestial” contribuyeron significativamente a la transición, aunque la doctrina debe ser validada finalmente por la Escritura y no por una autoridad extrabíblica.

Tabla comparativa de atributos esenciales





















La lectura adventista de la eternidad y la inmutabilidad presenta un debate interno relevante. El teísmo clásico suele describir a Dios como atemporal, absolutamente simple, inmutable e impasible. Canale cuestiona que esas categorías deban gobernar la interpretación de los relatos bíblicos. Para él, Dios puede actuar en la historia creada y mantener relaciones temporales sin dejar de ser eterno o trascendente. Peckham sostiene de manera semejante que la constancia de Dios es la inmutabilidad de su carácter y fidelidad, no una incapacidad de responder relacionalmente. Gulley presenta la Trinidad como eternamente relacional y entiende los atributos en coherencia con el amor divino.

La tensión aparece especialmente en textos donde Dios “se arrepiente” o cambia un anuncio, como Génesis 6:6, Éxodo 32:14, Jonás 3:10 y Jeremías 18:7–10. Una lectura superficial podría inferir ignorancia o mutabilidad moral. No obstante, estos textos describen cambios reales en la relación de Dios con criaturas cuyas actitudes también cambian. Jeremías 18 proporciona una clave explícita: ciertos anuncios de juicio o bendición son condicionales. Dios no cambia su santidad; cambia justificadamente su trato cuando cambia la situación moral del interlocutor.

La omnipotencia tampoco equivale a la capacidad de producir absurdos. La pregunta “¿puede Dios crear una piedra tan pesada que no pueda levantarla?” combina condiciones incompatibles y no describe una tarea posible. La literatura filosófica contemporánea define habitualmente la omnipotencia como poder máximo o capacidad de actualizar cualquier estado de cosas genuinamente posible y compatible con la naturaleza esencial del agente. Que Dios no pueda mentir o negarse a sí mismo no constituye debilidad; expresa perfección moral (2 Tim. 2:13; Tito 1:2).

La omnisciencia genera la objeción del fatalismo teológico: si Dios sabía infaliblemente ayer lo que una persona hará mañana, parece que la persona no puede actuar de otra manera. Las respuestas se dividen entre compatibilismo, molinismo, eternismo, conocimiento dinámico y teísmo abierto. La doctrina adventista oficial afirma la omnisciencia sin canonizar una teoría filosófica específica del conocimiento temporal. No obstante, su antropología, doctrina del juicio y narrativa del gran conflicto requieren que las decisiones creadas tengan significación moral real. La solución adventista más habitual distingue entre conocer una decisión y causarla: la certeza epistemológica en Dios no es idéntica a necesidad causal en la criatura. Esta respuesta conserva el libre albedrío, aunque persisten preguntas filosóficas sobre la necesidad del pasado y la posibilidad de alternativas.

Finalmente, la omnipresencia bíblica no hace de Dios el alma del universo. Canale enfatiza formas históricas y personales de presencia: Dios “habita con” su pueblo en el sábado, el santuario, la encarnación y la presencia del Espíritu. El Dios que llena cielo y tierra es distinto de ambos; puede estar íntimamente presente sin confundirse con la materia.

Atributos de grandeza: poder santo y soberanía moral

Los atributos de grandeza describen la incomparable excelencia de Dios frente a toda realidad creada. Sin embargo, en la Escritura la grandeza no es una categoría moralmente neutral. El poder de Dios pertenece al Dios santo, justo, fiel y compasivo. Por ello, la teología adventista debe resistir dos reducciones: imaginar a Dios como un soberano absoluto cuya voluntad convierte cualquier acto en bueno, o transformar su grandeza en una metáfora débil incapaz de vencer el mal.

Poder. El poder divino se manifiesta inicialmente en la creación: Dios llama a la realidad creada a la existencia y sostiene su continuidad (Gén. 1; Sal. 33:6–9; Heb. 1:3). Se manifiesta también en el éxodo, donde libera a esclavos y derrota la pretensión imperial de Faraón; en los profetas, que anuncian una nueva creación; en los milagros de Jesús, que anticipan la restauración de cuerpos y comunidades; y en la resurrección, donde el poder divino derrota la muerte (Rom. 1:4; Efe. 1:19–21).

La cruz modifica radicalmente los conceptos humanos de poder. Cristo vence no evitando la vulnerabilidad, sino entregándose voluntariamente. Filipenses 2:5–11 no enseña que el Hijo dejara de ser divino, sino que no explotó su condición divina para beneficio propio. El poder de Dios se revela como amor autodonante. Esto no significa que Dios sea impotente frente al mal: Apocalipsis anuncia juicio y victoria. Significa que su poder no debe modelarse según la dominación imperial que la propia revelación condena.

La objeción más seria al poder divino no es la paradoja lógica de la piedra, sino el sufrimiento real. Mackie formuló el problema lógico argumentando que un Dios omnipotente y perfectamente bueno parece incompatible con la existencia del mal. Plantinga respondió que no hay contradicción formal si la libertad moral significativa constituye un bien que no puede producirse causalmente sin dejar de ser libertad. La discusión posterior se desplazó hacia el problema evidencial: Rowe sostuvo que ciertos sufrimientos intensos parecen carecer de un bien justificante suficiente. [18]

La defensa del libre albedrío responde mejor al mal moral que al mal natural, la enfermedad infantil o el sufrimiento animal anterior a decisiones humanas identificables. El marco adventista amplía el campo mediante el gran conflicto: el mal humano ocurre dentro de una rebelión cósmica que afecta la creación y en la cual Dios permite temporalmente el desarrollo de principios contrarios a su gobierno. Sin embargo, este marco no debe emplearse como explicación automática de cada tragedia ni como licencia para atribuir enfermedades concretas a demonios. Su función sistemática es mostrar que la permisión divina es temporal, moralmente orientada y escatológicamente limitada. Peckham la formula como una teodicea de amor en la que las reglas del conflicto, la libertad y la necesidad de una demostración pública del carácter de Dios condicionan sin anular su soberanía. [19]

Soberanía. La soberanía es el derecho y la capacidad de Dios para gobernar la creación conforme a su carácter. Los Salmos reales proclaman que YHWH reina sobre las naciones (Sal. 93; 96–99). Daniel presenta imperios que se autodeifican, pero cuyo dominio es temporal ante el tribunal celestial (Dan. 2; 7). Apocalipsis contrasta el trono de Dios y del Cordero con poderes bestiales que imitan la autoridad mediante coerción.

En algunas tradiciones, soberanía se identifica con determinación exhaustiva de cada acontecimiento. La teología adventista generalmente rechaza esta identificación porque haría a Dios causalmente responsable del pecado y vaciaría de sentido el llamado, el pacto, la apostasía, el arrepentimiento y el juicio. Canale entiende la providencia como gobierno histórico y no como ejecución automática de decretos eternos deterministas. Dios garantiza el cumplimiento final de su propósito sin programar moralmente cada acción creada.

Esta concepción puede denominarse soberanía no coercitiva, pero eficaz. No significa que Dios jamás actúe unilateralmente: crea, juzga, resucita y pondrá fin al mal por su autoridad. Significa que, cuando busca amor, obediencia y comunión, no produce esas respuestas mediante causalidad irresistible. El amor obligado dejaría de ser amor. En el gran conflicto, Satanás no es un principio eterno equivalente a Dios, sino una criatura rebelde. Por tanto, el conflicto no es dualista: su desenlace no está ontológicamente en duda, aunque la participación moral de las criaturas es genuina.

Majestad. La majestad divina es la excelencia real y la dignidad incomparable que suscitan temor reverente, adoración y obediencia. Salmo 8 relaciona la majestad de Dios con la grandeza de la creación; Salmo 145 la vincula con bondad, justicia y compasión. En Isaías 6, la visión del Señor exaltado produce confesión de pecado y comisión profética. En Apocalipsis 4–5, la majestad del trono se interpreta mediante el Cordero inmolado. El centro del gobierno cósmico no es fuerza desnuda, sino autoridad sacrificial.

La majestad puede deformarse pastoralmente cuando se confunde reverencia con terror psicológico o distancia social de dirigentes religiosos. La majestad bíblica humilla la arrogancia, pero no legitima el autoritarismo eclesiástico. El Dios majestuoso escucha al oprimido, recibe a los niños y se revela en Cristo como servidor. Toda autoridad cristiana derivada debe someterse a esa forma cruciforme.

Trascendencia. Dios trasciende la creación porque no está limitado por sus condiciones, no deriva de ella y no puede ser contenido por templos, imágenes o categorías humanas (1 Rey. 8:27; Isa. 40:18–26; Hech. 17:24–25). La trascendencia protege la diferencia Creador-criatura y denuncia toda idolatría.

Sin embargo, trascendencia no equivale a lejanía. Isaías 57:15 reúne ambas dimensiones: el Alto y Sublime habita la eternidad y también está con el quebrantado y humilde. La encarnación constituye la afirmación cristiana más intensa de la presencia trascendente: el Hijo eterno asume genuina humanidad sin dejar de ser divino. En la teología adventista, sábado y santuario muestran que el Dios trascendente crea espacios y tiempos de comunión, y el Espíritu universaliza la presencia de Cristo entre su pueblo.

La objeción contemporánea del ocultamiento divino sostiene que un Dios perfectamente amoroso debería hacer su existencia suficientemente clara para impedir la incredulidad no resistente. Schellenberg argumenta que la existencia de personas sinceramente abiertas a una relación con Dios pero incapaces de creer constituye evidencia contra el teísmo. Esta objeción es distinta del problema del mal y no debe descartarse afirmando que todo incrédulo resiste culpablemente la verdad.

Una respuesta adventista puede afirmar que Dios ofrece revelación suficiente, pero no coercitivamente irresistible; que la percepción humana está condicionada por historia, sufrimiento, cultura y distorsiones religiosas; y que el juicio divino evalúa la respuesta a la luz realmente recibida, no solo la adhesión verbal a una fórmula. No obstante, queda un residuo de misterio pastoral: los Salmos de lamentación demuestran que incluso creyentes fieles experimentan ausencia divina. La respuesta bíblica no es fingir visibilidad continua, sino perseverar en una relación de memoria, promesa y esperanza.

Santidad. La raíz hebrea q-d-š comunica separación, consagración y pertenencia a la esfera divina. Dios es santo no solo porque está separado del mal, sino porque posee una pureza, plenitud y alteridad incomparables. “Santo, santo, santo” en Isaías 6:3 y Apocalipsis 4:8 expresa superlativamente la singularidad divina.

La santidad tiene dimensión moral: Dios no tolera la opresión, la falsedad y la idolatría. También tiene dimensión relacional: lo santo consagra personas, tiempos y lugares para comunión y misión. Levítico 19:2 conecta la santidad del pueblo con prácticas concretas de justicia, cuidado del pobre, honradez y amor al prójimo. En 1 Pedro 1:15–16, la santidad divina fundamenta una vida transformada.

Una teología deficiente de la santidad puede producir perfeccionismo, vergüenza corporal, exclusión social o vigilancia religiosa. Bíblicamente, la santidad no equivale a aislamiento del impuro. Jesús toca leprosos, recibe pecadores y confronta sistemas que convierten la pureza ceremonial en instrumento de exclusión. Su santidad es contagiosamente restauradora: no queda contaminado por el quebrantamiento, sino que comunica vida.

Justicia. Los términos hebreos mišpāṭ y ṣĕdāqâ abarcan juicio recto, orden relacional, defensa del vulnerable y fidelidad al pacto. La justicia divina no se limita a imponer penas; incluye corregir relaciones, vindicar al inocente, liberar al oprimido y restaurar el orden de la creación (Sal. 72; 82; Isa. 1:16–17; Amós 5:21–24).

Romanos 3:25–26 presenta la cruz como manifestación de la justicia de Dios. La interpretación no debe reducirse a un mecanismo en el que el Padre descarga ira sobre un tercero ajeno. El Nuevo Testamento afirma que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo (2 Cor. 5:19). La expiación es acción trinitaria: el Padre entrega al Hijo, el Hijo se entrega voluntariamente y el Espíritu participa en la ofrenda y aplicación de la redención (Heb. 9:14).

El juicio ocupa un lugar distintivo en la teología adventista. Su función no es informar a un Dios omnisciente, sino manifestar públicamente la justicia de sus decisiones, vindicar a quienes están en Cristo y responder a las acusaciones del gran conflicto. Daniel 7 presenta el juicio a favor de los santos; Apocalipsis 14 une el evangelio eterno con la hora del juicio. El juicio es buena noticia para las víctimas precisamente porque el mal no será eternamente ignorado.

La objeción contemporánea sostiene que ciertos relatos bíblicos de juicio y violencia parecen incompatibles con el carácter revelado en Jesús. Una respuesta responsable requiere análisis literario e histórico, reconocimiento de la progresividad de la revelación y rechazo de usos religiosos que legitimen violencia presente. No conviene resolver cada texto apelando sin examen a un mandato divino. La norma cristológica exige leer el canon completo desde la revelación culminante del Dios que prefiere cargar con el mal antes que reproducirlo, aunque finalmente juzga para impedir su perpetuación.

Tabla comparativa de atributos de grandeza



















La convergencia central es que la grandeza divina posee forma moral. El Dios bíblico no es “grande” meramente porque puede imponer su voluntad, sino porque su poder, reino y juicio son santos y fieles. Peckham y Gulley convergen en que el amor no puede quedar subordinado a una soberanía voluntarista. Canale añade que la providencia debe comprenderse como participación histórica real. La principal divergencia con algunas formulaciones del teísmo clásico reside en cuánto cambio relacional, temporalidad y afectividad pueden atribuirse literalmente a Dios.

Atributos de bondad: el carácter redentor de Dios

Éxodo 34:6–7 constituye uno de los textos más importantes para la teología bíblica del carácter divino. Después del pecado del becerro de oro y de la ruptura del pacto, Dios se revela como “compasivo y clemente, lento para la ira y grande en amor leal y fidelidad”. La fórmula reaparece, con variaciones, en Números 14:18; Nehemías 9:17; Salmos 86:15, 103:8 y 145:8; Joel 2:13; Jonás 4:2 y Nahúm 1:3. Su repetición indica que funciona como confesión central de identidad divina.

El contexto es decisivo: estos atributos no describen indulgencia abstracta, sino la respuesta del Dios del pacto ante la infidelidad humana. Dios perdona iniquidad, rebelión y pecado, pero no trivializa sus consecuencias ni declara moralmente irrelevante la culpa. La bondad bíblica es redentora porque enfrenta el mal, restaura al pecador y protege a las víctimas.

Amor. En el Antiguo Testamento, el amor divino se expresa mediante vocablos como ’ahabâ y ḥesed. El segundo comunica amor leal, solidaridad de pacto, bondad persistente y fidelidad relacional. No posee un equivalente español único. “Misericordia”, “amor constante”, “benevolencia” y “lealtad” captan aspectos parciales.

Deuteronomio 7:7–9 presenta el amor de Dios como elección gratuita y fidelidad al pacto. Oseas 11 describe a Dios como padre que enseña a caminar, atrae con lazos de amor y se conmueve ante la posibilidad del juicio. El texto no retrata indiferencia impasible, sino tensión relacional dentro de la fidelidad divina. Fretheim interpreta pasajes de esta clase como testimonio de una participación genuina de Dios en el dolor de su creación, mientras que modelos clásicos suelen entenderlos de manera más analógica para preservar la impasibilidad (Fretheim, 1984).

El Nuevo Testamento concentra esta revelación en Cristo. Juan 3:16 afirma que el amor de Dios toma la iniciativa de dar al Hijo para la vida del mundo. Romanos 5:6–8 subraya que Cristo murió por seres humanos cuando aún eran pecadores. Primera de Juan 4:8 y 16 declara que “Dios es amor”. Esta expresión no significa que todo lo llamado amor sea Dios, ni que el amor agote todo lo que puede decirse de él. Significa que ninguna acción divina puede contradecir el amor santo que constituye su carácter.

Peckham argumenta que el amor divino es volitivo, evaluativo, emocional, recíproco y “precondicional”: Dios toma la iniciativa antes de la respuesta humana, pero procura una relación recíproca que puede ser aceptada o rechazada. Así se distancia tanto de una concepción en la que Dios ama exclusivamente por necesidad metafísica indiferenciada como de la teología del proceso, que hace a Dios dependiente del mundo para completar su ser. [25]

La Trinidad profundiza esta afirmación. Juan 17 habla del amor entre el Padre y el Hijo “antes de la fundación del mundo”. Dios no creó por soledad o carencia. La creación es expansión libre de una generosidad ya plenamente existente en la comunión trinitaria. Por ello, el amor creador no responde a una necesidad divina, sino a una gracia desbordante.

Elena G. de White organiza buena parte de su narrativa teológica alrededor de la afirmación “Dios es amor”. En El camino a Cristo, interpreta la creación y la providencia como testimonios de bondad, aunque reconoce que el pecado ha oscurecido esa revelación. En El conflicto de los siglos, la resolución escatológica confirma ante el universo que el carácter y el gobierno de Dios son justos y amorosos. Este marco influyó decisivamente en la teología adventista del carácter de Dios. [26]

Misericordia. La misericordia es la disposición de Dios a no tratar al pecador meramente según lo que merece, sino a abrir espacio para el perdón, la restauración y la vida. En hebreo se relaciona con ḥesed y raḥamîm. Esta última palabra comparte raíz con reḥem, “vientre materno”, y evoca afecto profundo, protector y visceral.

Salmo 103:8–14 vincula la misericordia con la paciencia: Dios no conserva para siempre su enojo, no trata al pueblo conforme a sus pecados y se compadece como un padre de sus hijos, recordando su fragilidad. La memoria divina de que “somos polvo” no excusa el mal, pero introduce una consideración compasiva de la condición humana.

En los Evangelios, Jesús se compadece de multitudes hambrientas, enfermos, personas en duelo y quienes están “como ovejas sin pastor” (Mat. 9:36; 14:14; Mar. 6:34; Luc. 7:13). La compasión genera acción. No es simple emoción: alimenta, enseña, toca, sana y restaura. La iglesia que confiesa a este Dios no puede separar la proclamación doctrinal del cuidado concreto.

Gracia. La gracia es la iniciativa favorable de Dios hacia quienes no pueden establecer por mérito propio una relación salvífica. En el Antiguo Testamento, ḥēn designa favor concedido. En el Nuevo Testamento, charis alcanza especial densidad en Pablo: la salvación es don, no salario (Rom. 3:24; 4:4–5; Efe. 2:8–10).

La gracia no debe confundirse con indiferencia moral. Tito 2:11–14 afirma que la gracia que salva también educa para renunciar a la impiedad. En la perspectiva adventista, justificación y santificación son distintas pero inseparables dentro de la unión con Cristo. La obediencia no compra el favor divino; es fruto de una relación restaurada por gracia.

La doctrina del juicio ha sido presentada algunas veces de manera que produce inseguridad crónica y parece contradecir la gracia. Una formulación cristocéntrica responde que el creyente comparece en juicio unido a Cristo, quien es sacrificio, abogado, sumo sacerdote y juez. El propósito del juicio no es descubrir defectos que permitan excluir a quien confía en Cristo, sino manifestar la autenticidad de la relación salvífica y la justicia de Dios.

Fidelidad. La fidelidad divina es la constancia de Dios en su identidad, palabra, pacto y propósito redentor. El hebreo ’emet puede significar verdad, firmeza o confiabilidad. Éxodo 34 une ḥesed y ’emet: amor leal y fidelidad. Esta pareja reaparece en la descripción de Jesús como lleno de “gracia y verdad” en Juan 1:14, probablemente evocando la autorrevelación del Sinaí.

Lamentaciones 3:21–23 confiesa la fidelidad de Dios en medio de la destrucción de Jerusalén. El texto no niega la catástrofe; encuentra esperanza en que la compasión divina no se ha agotado. Segunda de Timoteo 2:13 añade que, aunque los seres humanos sean infieles, Dios permanece fiel porque no puede negarse a sí mismo.

La fidelidad constituye el núcleo práctico de la inmutabilidad. Dios no es confiable porque sea incapaz de toda relación o respuesta, sino porque ninguna respuesta suya traiciona su carácter. Puede anunciar juicio y conceder perdón ante el arrepentimiento precisamente porque es fiel a su propósito redentor.

Paciencia. La expresión hebrea ’erek ’appayim, literalmente “largo de nariz”, describe a quien tarda en encenderse en ira. En griego, makrothymia comunica longanimidad. La paciencia no significa que Dios sea indiferente al mal, sino que posterga justificadamente el juicio para abrir oportunidad de arrepentimiento.

Segunda de Pedro 3:9 interpreta la aparente demora de la venida de Cristo como paciencia salvífica: Dios no quiere que nadie perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento. Romanos 2:4 advierte, sin embargo, que la paciencia no debe convertirse en presunción; su propósito es conducir al cambio.

Desde la escatología adventista, la demora plantea una tensión pastoral. Cada día adicional ofrece oportunidad de misión y conversión, pero también prolonga el sufrimiento de las víctimas. Una teología equilibrada no romantiza la espera. Apocalipsis mantiene juntas la paciencia de los santos, el clamor de los mártires y la promesa de intervención definitiva (Apoc. 6:9–11; 14:12).

Compasión. Aunque misericordia y compasión se superponen, la compasión enfatiza la participación afectiva de Dios en la miseria de la criatura. Éxodo 3:7–8 declara que Dios ha visto la aflicción, oído el clamor y conocido los sufrimientos de Israel; por eso desciende para liberar. Los verbos de percepción desembocan en acción histórica.

En Jesús, la compasión adquiere forma encarnada. Hebreos 4:15 afirma que el sumo sacerdote puede compadecerse de las debilidades humanas porque fue tentado en todo sin pecado. Hebreos no presenta una divinidad distante que simplemente observa el dolor, sino al Hijo que ha participado verdaderamente de la condición humana y abre acceso confiado al trono de la gracia.

La doctrina adventista del ministerio celestial prolonga esta dimensión. Cristo resucitado no abandona su humanidad ni deja atrás la experiencia de sufrimiento; ministra como representante y sumo sacerdote. El santuario celestial debe entenderse, por ello, no solo como esquema cronológico, sino como afirmación de que el gobierno del universo está mediado por aquel que lleva las marcas de la cruz.

Tabla comparativa de atributos de bondad



















Estos atributos convergen en el carácter redentor de Dios. Amor sin santidad se reduciría a sentimentalismo; justicia sin misericordia se convertiría en rigor destructivo; paciencia sin juicio perpetuaría el abuso; poder sin compasión sería tiranía; y gracia sin fidelidad carecería de promesa estable. Éxodo 34, la cruz y el juicio final muestran que estas dimensiones se integran en una sola identidad divina.

El problema del infierno y del juicio final exige una nota específica. El adventismo rechaza el tormento consciente eterno y sostiene la destrucción final del mal y de quienes se identifican irrevocablemente con él. Esta doctrina busca preservar simultáneamente justicia, libertad y proporcionalidad: Dios no perpetúa eternamente el sufrimiento como monumento a su victoria. La “muerte segunda” es definitiva, pero no un proceso interminable de tortura. Tal concepción no elimina la gravedad de la pérdida, pero evita atribuir al amor divino una crueldad infinita.

Asimismo, la compasión divina no garantiza que toda petición de sanidad reciba una respuesta inmediata. Una teología que vincula automáticamente fe con curación culpabiliza al enfermo y contradice la experiencia bíblica. Pablo conserva su “aguijón”; Timoteo padece dolencias; Epafrodito casi muere; y la creación continúa gimiendo a la espera de redención plena (Rom. 8:18–25). La bondad de Dios se experimenta ahora en anticipos reales, pero su vindicación completa es escatológica.

Síntesis crítica adventista e implicaciones

La contribución adventista más fecunda a la doctrina de Dios no consiste en agregar atributos desconocidos para el resto del cristianismo, sino en situarlos dentro de una narrativa bíblica integrada: creación, libertad, caída, pacto, encarnación, cruz, resurrección, santuario, juicio, segunda venida y nueva creación. Esta secuencia permite comprender que el conocimiento de Dios no es estático. El carácter divino se manifiesta progresivamente ante criaturas inmersas en un conflicto acerca de su confiabilidad.

El gran conflicto funciona como marco teológico, no como atributo adicional. Explica por qué la revelación del carácter de Dios tiene dimensión pública y cósmica; por qué Dios permite temporalmente la rebelión; por qué la cruz responde tanto al pecado humano como a acusaciones contra el gobierno divino; y por qué el juicio incluye transparencia y vindicación. La creencia fundamental correspondiente afirma que la controversia concierne precisamente al carácter de Dios, su ley y su soberanía. [21]

Este marco posee fortalezas y riesgos. Su fortaleza es que toma en serio la libertad, la historia y el carácter moral de la soberanía. Su riesgo es convertir cada evento en una pieza de especulación demonológica o sugerir que Dios está limitado por reglas externas superiores a él. Una formulación cuidadosa afirma que las condiciones del conflicto corresponden al propio carácter fiel de Dios; no son leyes que dominen a Dios desde fuera.

La doctrina del santuario aporta una segunda contribución: la presencia y el gobierno de Dios son relacionales, mediadores y transparentes. El santuario bíblico une trascendencia y cercanía, santidad y perdón, sacrificio y juicio. En Cristo, estas funciones convergen. No obstante, una exposición excesivamente arquitectónica puede oscurecer su centro personal: conocer el santuario significa conocer al Dios que desea habitar con su pueblo y que abre un camino de acceso mediante Cristo.

El sábado ofrece una expresión práctica de la doctrina de Dios. Confiesa que Dios es Creador, que la vida no depende exclusivamente de productividad humana, que el tiempo puede ser espacio de comunión y que todo ser humano merece descanso. Entendido trinitariamente, el sábado no es solo señal legal, sino participación en el descanso, la presencia y la obra restauradora de Dios.

La segunda venida y la nueva creación impiden reducir la bondad de Dios a consuelo interior. El amor divino promete resurrección corporal, justicia histórica y restauración cósmica. Si no existe una derrota objetiva del mal, la compasión corre el riesgo de convertirse en acompañamiento sin liberación. Apocalipsis 21–22 culmina no con almas escapando de la creación, sino con Dios habitando con la humanidad, eliminando muerte, llanto y dolor.

En términos eclesiales, conocer a Dios tiene consecuencias verificables. Una comunidad que confiesa la Trinidad debería practicar unidad sin uniformidad y distinción sin exclusión. Una iglesia que adora al Dios santo debería proteger a personas vulnerables y enfrentar abusos. Quien cree en la justicia divina no puede ser indiferente a injusticias sociales. Quien recibe gracia no debe construir jerarquías de mérito espiritual. Quien espera el juicio necesita sistemas responsables de transparencia institucional.

La doctrina debe validarse también por su capacidad de resistir deformaciones pastorales. La omnisciencia no debe convertirse en vigilancia paranoica; la soberanía no debe justificar fatalismo; la santidad no debe alimentar perfeccionismo; la autoridad divina no debe transferirse sin crítica a dirigentes humanos; la paciencia no debe usarse para prolongar situaciones abusivas; y el perdón no debe imponerse de manera que silencie a las víctimas o elimine consecuencias legales.

Matriz de evaluación crítica
















Las principales preguntas abiertas para la investigación adventista son cuatro. La primera concierne a cómo formular la relación entre eternidad divina y temporalidad sin reducir los textos bíblicos a metáforas ni hacer a Dios dependiente del devenir. La segunda es cómo armonizar presciencia exhaustiva y libertad libertaria mediante una teoría filosófica suficientemente explícita. La tercera pregunta cómo interpretar textos bíblicos de violencia y juicio desde una hermenéutica cristocéntrica que no erosione la autoridad canónica ni legitime violencia religiosa. La cuarta concierne a cómo integrar mejor la teología del carácter de Dios con la ética institucional, especialmente ante abuso, desigualdad, salud mental y sufrimiento colectivo.

Para la docencia universitaria, resultan apropiadas tres figuras didácticas:










La conclusión teológica puede formularse así: conocer a Dios no es dominar intelectualmente un objeto infinito, sino responder a la autorrevelación del Dios trino. Su existencia fundamenta toda vida; su eternidad sostiene la esperanza; su inmutabilidad garantiza su fidelidad; su omnipotencia asegura la restauración; su omnisciencia permite juicio verdadero; y su omnipresencia hace posible comunión. Su poder es santo, su soberanía es moral, su majestad es cruciforme, su trascendencia se acerca, su santidad restaura y su justicia vindica. Su amor toma la iniciativa, su misericordia perdona, su gracia salva, su fidelidad persevera, su paciencia llama al arrepentimiento y su compasión participa del sufrimiento.

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